lunes, 26 de julio de 2021

El último Creador

Todo ha de tener un principio para alcanzar un futuro.

Al inicio de los tiempos sólo existía Vacío en el universo. Sin embargo, en esta eternidad, decir eso es una afirmación extraña, pues entre tanta oscuridad y nada, existían tres entidades inmortales, tres hermanos, conocidas como “Los Creadores”.

Estos seres desconocían de dónde venían, o cuánto tiempo llevaban ahí, pues después de todo, Tiempo aún no había sido creado; sin embargo, compartían una misión: la creación misma; la posibilidad y la obligación de la creación.

Pero ¿cómo se inicia la creación? Una responsabilidad tan grande no puede ser tomada a la ligera. Los problemas brotaron, llenando el Infinito de un componente más: uno amargo que traería consecuencias. ¿Cómo debían proceder?, ¿debían crear primero los mundos?, ¿debían priorizar seres que les acompañaran y ayudasen?, ¿qué crear?, ¿cómo hacerlo?, ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿y el propósito?.

A pesar de que no existía Tiempo, la paciencia no era uno de los dones que se les había concedido a dos de los tres Creadores. Dos de ellos, chocaban en todo lo que pensaban, decían o hacían, dos polos opuestos de una misma vara; el otro se mantenía al margen, observando, el equilibrio en el que se sostiene la balanza, permaneciendo apartado en un rincón (si en el Universo hubiera rincones).

Su pasividad jamás fue por miedo a decir lo que pensaba, o porque no tuvierna nada que decir o hacer, sino porque prefería escuchar y analizar para saber que partido tomar con una mayor precisión. Era el más exacto de los tres Creadores y eso le convertía en un ser lento (si allí hubiese existido Tiempo) en tomar partido o decisiones. No era indecisión lo que lo detenía, sino la posesión de saber de que cualquier acción tendría repercusiones más allá de lo que sus hermanos podrían comprender

Quizás si ese tercer ser hubiese tomado un camino y elegido a uno de sus hermanos, el resultado del Cosmos hubiera sido distinto. Lo que mucha gente no entiende es que la inacción también es una elección.

Estalló la guerra, una batalla cruel entre dos seres sobrenaturales y todopoderosos, inheribles e infinitos, enormes titanes limitados por una imaginación sin límites, generando un combate cósmico que envolvió el universo por completo. El choque de sus pensamientos incendiaba el vacío, lanzando chispas eternas que rebotaban como meteoritos. Cada creación era un arma, cada palabra una explosión de energía pura.

¿Y el tercero? ajeno a la disputa, se preguntaba si debía tomar partido, desequilibrar la balanza, pero ¿cómo tomar esa decisión si no tenía información para justificarla? Se limitó a observar, intentando discernir el propósito que tenía toda esa rivalidad. Miraba sin pena la escena, pues entendía que la representación y el papel que sus hermanos tenían en el Universo sería decisivo para la creación.

Sería un sinsentido decir que pasaron siglos enteros, milenios, decenios peleando, pero sí podemos afirmar que fue una eternidad entera la que ocuparon en intentar herirse. Puede, que incluso varias eternidades terminasen juntándose allí mismo, a observar el combate.

Al final el tercer creador engendró a Tiempo, al que legitimó para poner límite a su espera, a su inacción. Tiempo, por tanto, llamado, se dejó pasar por allí y tomó la decisión que el Tercero no podía tomar. Determinó un ganador: el único Creador que se había mantenido al márgen, contempló como sus dos hermanos ponían fin mutua a sus vidas.

Una terrible explosión surgió de la destrucción y fin de ambos, provocada por su energía infinita. Miles de esquirlas de lo que antes fueron entes infinitos comenzaron a vagar por el universo, como un cristal luminoso que se funde a través de las líneas del Espacio-Tiempo (porque Tiempo había llegado para quedarse, testigo eterno del sacrificio de los Seres de la Creación).

Cuando los dos hermanos se destruyeron, su energía infinita no desapareció, sino que se dispersó en fragmentos, chisporroteando en todas direcciones como una tormenta. De su explosión, nacieron las luces, cada una responsable de su propia sombra, de la creación y la destrucción de sus progenitores en un mismo tiempo. El vacío ya no existía. Ya no había oscuridad eterna ni ausencia de la ruina surgió la semilla del nuevo cosmos

En ese momento, el Último Creador vio la maravilla que, sin pretenderlo, sus hermanos habían creado: todo era hermoso, fascinante, pacífico. Toda la gama de colores que se puede imaginar uno: los que existen y los que jamás existirán se encontraban allí.

Las luces eran como puntos de tinta sobre un lienzo negro. Palpitaban con una vida separada a todo lo que conocían, pues acababan de nacer allí mismo, esperando ser guiados hacia un propósito.

Las luces comenzaron a vibrar, cada vez a mayor velocidad, hasta que de pronto, el universo se apagó momentáneamente, como si todo volviera a la nada, al vacío, salvo por la presencia inmortal del Último Creador. Sin embargo en ese vacío, se gestó algo nuevo.

Como un fenómeno inexplicable, quizás debido al orígen de aquellas luces, todos los colores volvieron, convertidos ahora en gases, en chispas resplandecientes. Un último vestigio. Eran reproducciones de la Energía de sus progenitores, matados en el mismo instante, asesinados el uno por el otro. La chispa de la creación no provenía de la vida de esos seres, sino de su misma muerte.

Pero de su final, llegó el inicio. Ya que no habían conseguido nada en vida, lo conseguirían en la muerte. Después de todo, no podemos olvidar que los tres hermanos eran pura creación. Era su privilegio, pero también su obligación.

Las nuevas creaciones se movían, nerviosas, sin saber qué pensar, qué decir, qué hacer o a dónde ir.  Se encontraban perdidas, al igual que lo habían estado sus antecesores. La misma duda que la de sus padres sembraba su mente: ¿qué?, ¿cómo?, ¿por qué?...

El Último Creador comprendió entonces su destino y supo lo que debía hacer y decidió dar forma al universo. La decisión entre sus dos hermanos había sido Seres o Mundos. Por alguna extraña razón, quizás fundada en el deseo de tomar una decisión, Tiempo había terminado decidiendo por el Último Creador. Ya no había dudas, sólo quedaba la creación de los mundos.

Con su ilimitada imaginación y su pasión eterna, el Último Creador, utilizó su energía para dar un lugar a todas aquellas luces vaporosas, pequeños seres con esencia de creación propia.

Diferentes mundos y estrellas, sistemas enteros de luces y sombras fueron creados: distintos tamaños, formas, colores y atmósferas, pensando en cada uno de los seres que ahora a su merced estaban. Sólo le limitaba su imaginación y como ya hemos dicho, la tuya no tenía límites.

Cada creación se convertía en un tributo silencioso a la caída de sus hermanos y un recordatorio de las decisiones que no fueron tomadas a tiempo, pero sí por Tiempo.

Cuenta la leyenda que desde entonces, “el Último Creador” (tal y como lo nombraron las luces), recorre el Universo para dar cabida a todos los seres dispersos en el firmamento, a todos los hijos de sus hermanos muertos, como un regalo que ellos debían crear, cuidar y conservar.

Nadie sabe cuál es en realidad el nombre de “El Último Creador”, pero en Eikha se le conoce como Schodes (el Primero), el Creador de Mundos.


Todo ha de tener un principio para alcanzar un final.


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