sábado, 6 de mayo de 2023

Capítulo I. Encuentro en Rhom.

Sesión 1ª

El pueblo de Rhom, a sólo unos kilómetros de distancia con la frontera del país de los zhamíes, Dernios, era un pueblo bastante transitado a pesar de lo que su aspecto podía sugerir, aunque sus visitantes no eran precisamente turistas en busca del mejor paisaje para recordar. Frecuentado especialmente por personas fuera de la ley, cazar recompensas o gente que buscaba información oculta, Rhom, en realidad, no era un buen sitio donde turistear.

A pesar de lo que cualquiera pudiera pensar, el reino mirtino de Zhocar, al que Rhom pertenecía, no prestaba mucha atención a cualquiera de las cosas que sucedieran allí, ya que el Rey sentía un gran interés en que todo ese tipo de "calaña" se acumulase en un sólo lugar. Era imposible encontrar a lo largo y el ancho de todo el pueblo a ningún agente de la ley que pudiese molestar los negocios de cualquiera o a ningún héroe que pudiese impedir algún acto cometido contra el honor.

La única ley del pueblo: no jodas al que puede joderte.



No se trataba de un pueblo muy grande, debido en gran parte a la falta de producto legal que se podía obtener de él, a sus tierras yermas y al poco interés que mostraba el reino por destinar partidas a mejorar su situación del momento.

La mayor parte de las casas estaban en ruinas: madera carcomida, quemada o partida, ventanas rotas, puertas arrancadas o desvencijadas, adoquines levantados o simplemente inexistentes y un largo y profundo etcétera enraizado desde hacía décadas. Las calles carecían de iluminación, sombrías, llenas de basura y telarañas. De hecho, podría haber pasado perfectamente por un pueblo abandonado si no se viese de vez en cuando un trapicheo allí, un robo allá, un secuestro al girar la esquina...

Frente a semejante desastre, destacaban unos pocos edificios que parecían haber aguantado a pesar de todo lo que allí sucedía, no sabiendo explicar si por algún tipo de conjuro, o más bien por la persistencia de sus moradores.



Ya desde la plaza, se podía oír claramente el jolgorio que en su interior se encontraba y sin embargo, a pesar de todo, el chirriar de las bisagras de un cartel con el nombre de la taberna "La Jarra Rota" y un dibujo de una jarra de cerveza derramada, se hacía notar por encima del ambiente.

Bajo esas bisagras pendientes de un buen baño en aceite, una gran puerta principal, por la que bien podría pasar un caballo. La construcción del edificio era en realidad, un antiguo templo mirtino a los Dioses, remodelado con el paso de los tiempos para "usos más útiles", pudiéndose apreciar las diferentes escalas de construcción que habían hecho en el lugar, puesto ¿quién tiene tiempo para rezar a los dioses cuando tu vida va por otros senderos?.

Toda ella era de madera oscura, inapreciable a simple vista si se trataba del color original o si la mugre había tenido algo que ver. Unos altos pilares de piedra armaban la estructura original y la unían a las ampliaciones. La taberna conservaba todas sus ventanas que alguna vez sin mucho esfuerzo habían intentado ser limpiadas, dejando los surcos de un sucio trapo sobre el color ámbar del cristal, lo cual era perfecto, ya que impedía definir e identificar con certeza cualquier figura que se hallase en dentro, a pesar de su interior iluminado.



La taberna estaba siempre a rebosar, teniendo más que ver que era el único sitio donde se vendía alcohol más que por la calidad de su servicio. Olía a falta de higiene y a exceso de borrachos, aunque si lograbas pasar ese primer tufo, llegaba un segundo rastro de olor a comida caliente y a humo de madera quemada.

Su suelo era de piedra, lo que a un primer parecer podría suponer encontrarlo más limpio. Pero "La Jarra Rota" no era esa clase de establecimiento. Una amplia barra partía la planta calle en dos mitades: la cocina, de la que sólo se alcanzaba a ver un pequeño rincón durante el bamboleo de las puertas de madera y la zona de mesas.

En las paredes laterales de la sala había unas chimeneas, sobre unas tarimas que hacían veces de escenario, pero que sin embargo en esta ocasión estaban repletas de más mesas.

-¡Éltoni no te vayas a herniar! - gritaron unos lugareños a un camarero, que retiraba mesas y sillas a un rincón de la tarima con sorprendente agilidad a pesar de su pequeño tamaño.

Aquel hombre, que habitualmente frecuentaba el trabajo de bebedor y no el de camarero, miró con profundo odio a aquellos hombres.

La noche había comenzado aquel día hacía ya un par de horas y los pocos reductos de sol que quedaban ya no daban para alumbrar a los presentes, por lo que todas las luces estaban bien encendidas, generando multitud de sombras y esquinas donde podías esconderte si no deseabas ser visto. Después de todo, aquello era Rhom.

Esa noche iba a ser una buena noche. Se acercaba algo, puesto que todas las mesas estaban absolutamente ocupadas, cosa poco frecuente, a excepción de una gran mesa central, que no había encontrado un grupo lo suficientemente grande para llenarse.

Los camareros recorren la sala una y otra vez, moviendo impresionantes bandejas de comida, ingentes cantidades de alcohol de distintos tipos, esquivando con una naturalidad casi sobrehumana a todos los presentes, que en muchas ocasiones no se lo ponían fácil.

Todo el edificio estaba lleno de risas, palmadas en la espalda de gente cerrando tratos, cuchicheos en las esquinas para conseguir información, juegos de azar con manejo de apuestas poco claras... Sí, una buena noche.



De repente, la gran puerta de la taberna se abrió con fuerza, golpeando en la nariz al que en ese momento se disponía a salir, tal y como indicó el improperio que salió de su boca.

Casi al mismo tiempo que sucedía esto una menuda figura, a la que todos los que frecuentaban el lugar reconocieron como a Nylah, echó a correr rauda pasando entre mesas y esquivando personas con la que la experiencia que ser camarera le había dado, haciendo parecer que casi las atravesaba. Saltó la barra y desapareció, sin que nadie supiera muy bien si escondiéndose en las cocinas o en cualquier otra parte.

-¿Dónde está esa puta de Nylah? - la voz proveniente de la puerta miraba en todas direcciones, buscando su presa.

Aquella mujer mirtina que había entrado en la taberna con una soberana patada tenía un tamaño colosalmente grande, casi como una gigante. Iba pertrechada y armada hasta lo que se consideraría como los dientes. Y no venía sola.

Otra mujer y un hombre, también mirtinos y de un tamaño más reducido pero igualmente imponente, entrarnos tras ella, apartando con desprecio a los que todavía no se habían dado cuenta de lo que estaba sucediendo.

La taberna, poco a poco había quedado en completo y absoluto silencio. Ver a aquella mujer entrar de aquella forma no había sido nunca buena señal y aunque había sucedido más veces, nunca había venido acompañada. Rowe venía enfadada y al parecer, algo ajetreada.

En una de las esquinas de sombras que generaban las luces, Airbin, el dueño de "La Jarra Rota", se levantó de su silla y apoyó las manos firmemente sobre la mesa, en un aire pacificador. Cinco hombres se levantaron tras él, apartando las sillas para mayor comodidad.

Airbin era un hombre curtido por los años, calvo por completo y con una larga y castaña barba que a menudo solía decorar con adornos de acero. Tenía un aspecto astuto y calmado, fiel reflejo de su personalidad, que sus experiencias le habían otorgado.

Rowe no aminoró su paso al contemplar su expresión calmada y enrojeciendo de ira por su calma, se acercó a él, seguida por sus otras dos pequeñas moles de músculos. Nada más llegar, clavó una daga en la mesa con cierta violencia, intentando amedrentar la quietud de Airbin.

-Tu maldita hija me ha vuelto a robar - la ira hacía saltar la saliva de su boca al rostro de Airbin.

Infundida en furia y con la daga aún sujeta por el puño, golpeó con los nudillos la mandíbula de aquel hombre. De manera casi inmediata, Airbin recuperó su posición anterior y tras frotarse la zona golpeada dijo:

-Rowe, sabes las normas que existen en este local: - señaló un cartel mientras arqueaba una de sus castañas y prolíferas cejas - "Prohibido cualquier tipo de pelea".

Los cinco hombres que se encontraban junto a él elevaron los puños. De manera casi inmediata, Rowe guardó la daga y levantó las manos en señal de inocencia.

-Sabes que si voy a por tu hija es porque se ha llevado a Eigor. Ella me da igual. Quiero al chaval de vuelta en la sede o quemaré tu casa. Sabes que soy capaz.



De repente y sin venir a cuento si no habías estado atengo a otra de las escenas que sucedía en el lugar, de la primera planta, una balconada interior con más mesas repletas, cayó un hombre a la planta calle, golpeándose con la mesa grande vacía.

-¡Ese puto baltý ha intentado robarme! - la voz ebria de un mirtino se oyó desde el balcón.

A nadie pareció importarle el detalle del baltý ladrón, o que Rowe y Airbin estuviesen a punto de iniciar una pequeña guerra civil en "La Jarra Rota". El caos se desató como sólo a Cartos le gusta.

Patadas, puñetazos, tirones de pelo, golpes bajos, empujones, taburetes lanzándose por los aires, gente aplastada contra mesas o la barra del bar. Un todos contra todos en el que no había bandos y el enemigo perfecto era al que llegaba el puño. Un amasijo de brazos, piernas, cuerpos tirados por el suelo o proyectados, cristales rotos o líquidos derramados.

Los más prudentes, junto posiblemente a los más cobardes, huyeron del escenario, bien pegándose a las paredes o intentando llegar hasta la puerta principal. Todo se había desvanecido en cuestión de segundos y era un borrón de figuras y colores.

Rowe intentó agarrar a Airbin, pero uno de sus hombres consiguió desviar el brazo sin que el dueño de la taberna sintiese la necesidad de mover ni un pelo de su barba. El hombre que acompañaba a Rowe intentó ayudar a su compañera con el mismo éxito que Rowe.

Parecía que todo aquello iba a estallar cuando de repente... Airbin chasqueó los dedos.

La taberna quedó paralizada y de nuevo, en el más absoluto de los silencios.

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