Se trata de un comunicador en forma de orbe, de un cristal variante entre negro y rojo.
Concentra la electricidad procedente de las moléculas del cristal con las células cerebrales del lenguaje. Para usarse, la piel del usuario debe estar en contacto con el orbe.
Al principio de su utilización, el usuario es incapaz de controlarlo y la persona debe dejar de tocar el orbe si no quiere que todos sus pensamientos se oigan en voz alta. Conforme se va utilizando, el usuario va siendo capaz de abrir y cerrar esas conexiones a voluntad.
Su sonido es metálico, como si se tratase de un instrumento musical que articula palabras más que de una propia voz.
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