En la población de Meirech, dos mirtinos nacieron, distinto día, de distinto padre y de distinta madre, más tan iguales eran en carácter y apariencia que hermanos les llamaban.
Su nombre real: irrelevante; conocidos por todos como los Hermanos Garaidre.
Nadie podría haber dicho quién era el pensador y quién el ejecutor, pues de alguna forma, ambos estaban implicados en todo lo que hacían.
Ladrones con ley, fuera de la ley. Ellos escribían su destino y juntos lo ejercían.
Los nobles y adinerados mirtinos temblaban, pues no había lugar donde poder esconder sus opulencias más preciadas, ni ejército que pudiese atraparlos, ni cazador que pudiera rastrearlos.
La recompensa sobre sus cabezas crecía día a día, al mismo ritmo que sus andanzas.
Un buen día como otro cualquiera, en el que la taberna estaba a rebosar de nuevos chismes y rumores, llegó a oídos de los Garaidre una suculenta noticia: un nuevo tesoro había aparecido en la capital. No era lo que ellos acostumbraban a robar, les dijeron, pero los tiempos eran difíciles y ellos seguían buscando fama, por lo que prestaron gran atención al encargo.
Una joven había aparecido de manera repentina, como la flor que se abre tras la noche. Ni la exuberancia de las joyas o el oro conseguía calmar su belleza.
Ciertamente, la sorpresa fue que de un secuestro debía tratarse y no del robo de un objeto. Pero sustraer es sustraer. Uno de los hermanos, de acuerdo; otro en desacuerdo. Nada que no se pudiera arreglar aumentando la suma del contrato.
Y se convirtieron en ladrones sin ley. La línea que no habían cruzado nunca se difuminó y algo se rompió entre ellos.
Siempre hay que tener controlado el robo: entrar, coger, marchar. Sin embargo, ninguno de los dos cayó en la cuenta de que aquella joven poseía las habilidades de cualquier persona.
A pesar de su belleza, algo fácilmente percibido por todo aquel que no fuese ciego, se olvidaron mencionar su voz: embaucadora, musical, vibrante. Cada palabra que nacía de su boca se convertía en una realidad absoluta en oídos de cualquiera.
No sabemos cuántos días pasaron los ladrones junto a la “princesa”, pero un romance surgió entre uno de ellos y la joven. Y la embaucadora (enamorada o no) a uno de ellos convenció para regresar a su hogar.
Deseoso de conseguirla para siempre, la retornó a su familia, donde dama y ladrón le contaron la historia del falso rescate de unos viles villanos, con el fin de caer en gracia al gran señor. Y así fue como el Señor consintió la unión entre su preciado tesoro y un vulgar ladrón disfrazado de caballero.
Pasaron los años y nunca nadie llegó a saber qué había pasado con los Hermanos Garaidre. Su fama, convertida en leyenda, viajó por cada rincón de todos los reinos de Mirtia.
Sin embargo, aunque disuelta la sociedad, uno de ellos continuó con la profesión que juntos habían hecho de su vida. Sus robos cada vez se acercaban más a lo arcano, en una guerra en donde la magia era la clave.
Una vez más, un susurro en una taberna cualquiera le trajo un suculento regalo: la información de un nuevo objeto que rompería la balanza entre los bandos. El que lo poseyese podría ganar la guerra y el que se lo vendiese, no necesitaría volver a trabajar. Desventaja: los recuerdos; robar a un Señor que bien conocía, en unas calles que les habían visto crecer.
Quizás pues fue la venganza y no la avaricia lo que le hizo acudir a la llamada del botín.
Hay reencuentros amargos, como el que sucedió la noche de aquel plan. Pero los que hermanos nacen, hermanos mueren; y los Garaidre recordaron todo aquello por lo que habían vivido, por lo que habían pasado, y se abrazaron.
Pero la realidad es abrupta y lo que uno creyó reconciliación, no fue más que un ardid engaño, pues el objeto había sido sustraído. Es difícil estar abatido si ya no sientes el dolor.
¿Pero quién había sido el traidor? La carga de la conciencia pesaba más de un lado que de otro. Y le dejó huir con el botín. Mas un objeto tan valioso es por varios codiciado y tras una larga persecución, el ladrón fue apresado, encarcelado y juzgado.
Amistad sin embargo nunca olvidada, uno de los hermanos seguía sin sentir que la deuda estaba pagada, Abrió la puerta de la celda y aprovechando su parecido, intercambiaron sus ropas y sus puestos. Deuda pagada; conciencia acallada.
Antes siquiera de saber el castigo, un último engaño harían los hermanos.
Sentencia de destierro a los reinos del hielo. El rencor hacia su viejo amigo y la curiosidad de cómo le harían pasar la frontera, le hizo acercarse al lugar, donde vió a la futura viuda, con sus ricas ropas y esos aires de nobleza que no perdía ni en el luto. ¿Sintió quizás que los dioses ponían todo en su lugar? El traidor desterrado y la culpable de la traición sola e infeliz, como él se había sentido.
La caravana hacia la frontera avanzaba; la gente abucheaba, tiraba lo que le sobraba. De entre las largas faldas de la futura viuda, una pequeña figura apareció, corriendo rauda a despedir por siempre a su padre.
El inmenso parecido a su progenitor le calmó el alma, olvidó el odio y le llevó al perdón; sin embargo, cuando a confesar el intercambio se disponía, una dura mirada ahogó sus palabras.
“La palabra es la palabra”. Ladrón con ley, fuera de la ley, ahora desterrado por una deuda.
Y el carro siguió avanzando, atravesando la frontera, con un hombre que intercambió su vida por un hermano de distinto padre y de distinta madre.
Cuenta la leyenda que el que quedó, sintió tanto la pena de su amigo y odió tanto el rencor que hacia él había sentido, la culpa de dejar a un inocente hijo huérfano antes de tiempo, que no supo separarse del límite de la frontera.
Cuenta la leyenda que el desterrado, fielmente cada fase de luna, acudía a ver a su amigo.
Cuenta la leyenda que ambos llegaron a un último trato y que allí quedaron por siempre y para siempre, sin olvidar nunca que ellos un día fueron los hermanos Garaidre.
Por eso, en ambos límites de la frontera de los reinos del hielo, se encuentran las figuras de dos hombres, mirándose el uno al otro, por siempre juntos.
Nadie podría haber dicho quién era el pensador y quién el ejecutor, pues de alguna forma, ambos estaban implicados en todo lo que hacían.
Ladrones con ley, fuera de la ley. Ellos escribían su destino y juntos lo ejercían.
Los nobles y adinerados mirtinos temblaban, pues no había lugar donde poder esconder sus opulencias más preciadas, ni ejército que pudiese atraparlos, ni cazador que pudiera rastrearlos.
La recompensa sobre sus cabezas crecía día a día, al mismo ritmo que sus andanzas.
Un buen día como otro cualquiera, en el que la taberna estaba a rebosar de nuevos chismes y rumores, llegó a oídos de los Garaidre una suculenta noticia: un nuevo tesoro había aparecido en la capital. No era lo que ellos acostumbraban a robar, les dijeron, pero los tiempos eran difíciles y ellos seguían buscando fama, por lo que prestaron gran atención al encargo.
Una joven había aparecido de manera repentina, como la flor que se abre tras la noche. Ni la exuberancia de las joyas o el oro conseguía calmar su belleza.
Ciertamente, la sorpresa fue que de un secuestro debía tratarse y no del robo de un objeto. Pero sustraer es sustraer. Uno de los hermanos, de acuerdo; otro en desacuerdo. Nada que no se pudiera arreglar aumentando la suma del contrato.
Y se convirtieron en ladrones sin ley. La línea que no habían cruzado nunca se difuminó y algo se rompió entre ellos.
Siempre hay que tener controlado el robo: entrar, coger, marchar. Sin embargo, ninguno de los dos cayó en la cuenta de que aquella joven poseía las habilidades de cualquier persona.
A pesar de su belleza, algo fácilmente percibido por todo aquel que no fuese ciego, se olvidaron mencionar su voz: embaucadora, musical, vibrante. Cada palabra que nacía de su boca se convertía en una realidad absoluta en oídos de cualquiera.
No sabemos cuántos días pasaron los ladrones junto a la “princesa”, pero un romance surgió entre uno de ellos y la joven. Y la embaucadora (enamorada o no) a uno de ellos convenció para regresar a su hogar.
Deseoso de conseguirla para siempre, la retornó a su familia, donde dama y ladrón le contaron la historia del falso rescate de unos viles villanos, con el fin de caer en gracia al gran señor. Y así fue como el Señor consintió la unión entre su preciado tesoro y un vulgar ladrón disfrazado de caballero.
Pasaron los años y nunca nadie llegó a saber qué había pasado con los Hermanos Garaidre. Su fama, convertida en leyenda, viajó por cada rincón de todos los reinos de Mirtia.
Sin embargo, aunque disuelta la sociedad, uno de ellos continuó con la profesión que juntos habían hecho de su vida. Sus robos cada vez se acercaban más a lo arcano, en una guerra en donde la magia era la clave.
Una vez más, un susurro en una taberna cualquiera le trajo un suculento regalo: la información de un nuevo objeto que rompería la balanza entre los bandos. El que lo poseyese podría ganar la guerra y el que se lo vendiese, no necesitaría volver a trabajar. Desventaja: los recuerdos; robar a un Señor que bien conocía, en unas calles que les habían visto crecer.
Quizás pues fue la venganza y no la avaricia lo que le hizo acudir a la llamada del botín.
Hay reencuentros amargos, como el que sucedió la noche de aquel plan. Pero los que hermanos nacen, hermanos mueren; y los Garaidre recordaron todo aquello por lo que habían vivido, por lo que habían pasado, y se abrazaron.
Pero la realidad es abrupta y lo que uno creyó reconciliación, no fue más que un ardid engaño, pues el objeto había sido sustraído. Es difícil estar abatido si ya no sientes el dolor.
¿Pero quién había sido el traidor? La carga de la conciencia pesaba más de un lado que de otro. Y le dejó huir con el botín. Mas un objeto tan valioso es por varios codiciado y tras una larga persecución, el ladrón fue apresado, encarcelado y juzgado.
Amistad sin embargo nunca olvidada, uno de los hermanos seguía sin sentir que la deuda estaba pagada, Abrió la puerta de la celda y aprovechando su parecido, intercambiaron sus ropas y sus puestos. Deuda pagada; conciencia acallada.
Antes siquiera de saber el castigo, un último engaño harían los hermanos.
Sentencia de destierro a los reinos del hielo. El rencor hacia su viejo amigo y la curiosidad de cómo le harían pasar la frontera, le hizo acercarse al lugar, donde vió a la futura viuda, con sus ricas ropas y esos aires de nobleza que no perdía ni en el luto. ¿Sintió quizás que los dioses ponían todo en su lugar? El traidor desterrado y la culpable de la traición sola e infeliz, como él se había sentido.
La caravana hacia la frontera avanzaba; la gente abucheaba, tiraba lo que le sobraba. De entre las largas faldas de la futura viuda, una pequeña figura apareció, corriendo rauda a despedir por siempre a su padre.
El inmenso parecido a su progenitor le calmó el alma, olvidó el odio y le llevó al perdón; sin embargo, cuando a confesar el intercambio se disponía, una dura mirada ahogó sus palabras.
“La palabra es la palabra”. Ladrón con ley, fuera de la ley, ahora desterrado por una deuda.
Y el carro siguió avanzando, atravesando la frontera, con un hombre que intercambió su vida por un hermano de distinto padre y de distinta madre.
Cuenta la leyenda que el que quedó, sintió tanto la pena de su amigo y odió tanto el rencor que hacia él había sentido, la culpa de dejar a un inocente hijo huérfano antes de tiempo, que no supo separarse del límite de la frontera.
Cuenta la leyenda que el desterrado, fielmente cada fase de luna, acudía a ver a su amigo.
Cuenta la leyenda que ambos llegaron a un último trato y que allí quedaron por siempre y para siempre, sin olvidar nunca que ellos un día fueron los hermanos Garaidre.
Por eso, en ambos límites de la frontera de los reinos del hielo, se encuentran las figuras de dos hombres, mirándose el uno al otro, por siempre juntos.
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