sábado, 30 de noviembre de 2024

La Primera Hija

Cuando el vacío era el único soberano que ocupaba Eikha, sólo los Dioses Primarios habitaban la vastedad del mundo. No llevaban una existencia solitaria, pero sí carecía de un propósito real. El mundo entero permanecía como un lienzo en blanco, aguardando la chispa que diera la vida a la tierra, a los mares y a los cielos.

Fue entonces que Ethorin, Lyane y Tran-Elith crearon a sus primeros seres. Y Eikha dejó de estar vacía de vida.

Pero ¿qué se puede esperar del primer diseño de un artista? Para completar su talento ha de seguir creando, seguir editando, mejorar la técnica hasta depurarla y hacerla suya. Sus primeras criaturas se alejaban mucho de la perfección que ellos pretendían; no satisfacían enteramente a los Dioses, puesto que el mundo seguía siendo dirigido sólo por el instinto y un pequeño atisbo de inteligencia.

En Eikha jamás había existido la muerte fuera de la batalla. Los seres eran eternos, a semejanza de sus creadores y no conocían la enfermedad. La población sólo se mermaba por la constante guerra entre los Dioses Primarios.

Tran-Elith, en un momento de alarma, comprobó que apenas quedaban de sus primeras creaciones y que la población en Eikha estaba cercana a la extinción. Llamados a esa alarma, los Dioses dejaron su empeño de aniquilarse a través de sus criaturas.

Sin embargo, para el Dios del Bien, la vida que había creado era un reflejo insuficiente de su grandeza. Especialmente vanidoso, necesitaba ganar a su contraria, necesitaba algo que le permitiese superar a su rival, derrotarla, no sólo en el campo de batalla, sino el el propio corazón de Eikha, fuera como fuese.

Fue entonces cuando concibió un plan audaz: engendrar un heredero que llevara su esencia y continuara con su lucha eterna junto a Él. Sedujo a Tran-Elith, hasta que la Divinidad, convencida por unas promesas vacías, cayó en sus brazos.

El plan de Ethorin obtuvo sus frutos y la hija fue encarnada. En su esencia se encontraban las marcas de sus progenitores: la inquebrantable voluntad de Ethorin y la serena equidad de Tran-Elith; pero en su corazón también latía el eco de Lyane, pues incluso ajena a ello, la Diosa de la Oscuridad había dejado impresa la huella de la renovación a través del caos. En Ella se habían encontrado la paz de los opuestos.

La llamaron Karak y le encomendaron la tarea de controlar la naturaleza y la vida de Eikha.

Los siglos habían pasado y ninguna muerte había sucedido desde la ascensión de los Dioses. Fue entonces cuando Karak, guardiana de la naturaleza y a la vida, oyó una súplica: fue un unicornio antiguo quien rompió la inmortalidad. Con su voz cansada, imploró un ruego que resonó en el alma de Karak como un eco imposible de ignorar. Aquel ser necesitaba el descanso, acabar con su existencia de devastación que desde sus primeros días había contemplado; tenía miedo de que aquella paz terminase y fuese su turno de participar en la batalla. Su alma no podía acabar así. Pidió el descanso.

Le pidió a la Diosa que se lo llevase con Ella, que le diese un final sin sufrimiento, distinto al que habían tenido sus hermanos y hermanas. Karak, movida por el calor de la súplica, extendió su mano y con un toque, suave como la brisa, dió la primera muerte pacífica de Eikha.

Aquella primera alma finalizada, causó tal impresión a la joven Diosa que sin poder evitarlo, de sus ojos se vertieron lágrimas, que crearon un frondoso bosque de árboles con hojas negras. Mas sus lágrimas no fueron de dolor, sino de comprensión: la muerte no debía ser el fin, sino un principio necesario para perpetuar la existencia.

Así pues, abrazó su verdadero propósito; acogió en su deber dar muerte a toda criatura viva. La Diosa, encaró el equilibrio natural como la guardiana de la vida y de la muerte: estaba allí cuando una criatura nacía y estaba allí al llevársela en su muerte, como el faro que guía a los perdidos al verdadero hogar: el último destino.

Desde aquel día, Karak caminó por Eikha como su guardiana eterna, creadora del ciclo de la existencia. Donde había caos, traía el orden; donde había vida, llevaba la muerte. Y así, con cada nacimiento y con cada muerte, la Primera Hija selló el destino de Eikha, perpetuando la danza infinita de la creación.

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