jueves, 27 de febrero de 2025

Los malditos sin rostro

En una guerra se da por entendido que parte de la retribución de los soldados se consigue a través del pillaje y el saqueo. Por eso nos conformábamos con la mierda de comida que nos daban, con que se nos helasen los huevos en la noche o con el olor a sudor seco, restos de sangre y excrementos que no podíamos limpiarnos.
¿Cómo íbamos a imaginar ninguno de nosotros esto? ¿Cómo íbamos a sospechar que un robo más, el mayor botín de nuestra vida, nos cambiaría la vida por completo?
Mi batallón y yo fuimos los últimos en entrar a la ciudad. Acabábamos de terminar con el asedio y nos ordenaron replegar tras haber cogido aquello que nos fuese útil para la campaña. Al final habían rendido las puertas sin apenas batalla y, pese a que el trato era no matar a nadie y dejar a los civiles en paz, no estábamos dispuestos a ello. Y no nos dejaron vigilancia, lo que a menudo significaba “ahora la ciudad es vuestra, muchachos”.
Las órdenes a veces pueden tomarse como sugerencias, más cuando llevas dos meses teniendo que soportar como se te congela la polla al mear en el exterior de la tienda de campaña o tu comida tenía peor aspecto, olor y sabor que la que tenían los animales.
Sus gobernantes y nuestro coronel llegaron a buen término: un gran tesoro en monedas, un tremendo botín en armas, algún que otro barco…. Cosas que hacían felices a los altos cargos pero que estaban muy lejos de satisfacernos a nosotros, a las tropas, a los que dormíamos sin hogueras, a los que no llevábamos esclavos que nos vistiesen , remendasen o lavasen la ropa. Tampoco debería creerse nadie que contaron con el interés de las gentes de su pueblo, menos aún con nuestros intereses, claro está. Para ellos sólo éramos basura. En realidad, todos éramos la misma basura, sólo que algunos podían permitirse el lujo de tapar el hedor con agua perfumada.
Nos dejaron encargados de asegurarnos que la ciudad no se recuperaría en algún tiempo, que sus soldados no tuviesen fuerzas para combatir, a pesar de haberse rendido sin derramar apenas sangre, quizás se les olvidó decir “que tengan ganas de rendirse, muchachos”. Aunque echando la vista atrás, quizás habríamos malinterpretado también esa orden.
¿Qué podía significar aquello en los oídos de una espada sin desenvainar?: las guerras requieren sangre.
Mis mil hombres y yo entramos por la puerta grande, prácticamente estábamos siendo ovacionados, aplaudidos por nuestro heroísmo al mantener con vida a los hombres de aquella ciudad, pero teníamos la garganta seca, los huevos congelados y las manos limpias de sangre.
Primero nos bebimos todo el vino y nos comimos toda la comida que el ejército había descartado, por perecedero o por ser de una calidad nada aceptable para los gaznates que bebían buen vino diario.
Más adelante fuimos a por todo aquel hombre que pudiese luchar, que tras la hambruna del asedio no eran demasiados, la verdad sea dicha; pero “teníamos que eliminar sus ganas de combatir”. Les obligamos a pelear, haciéndoles creer que liberaríamos a aquel que sobreviviese. Organizamos apuestas y nos jugamos la exigua paga que nos proporcionaban. ¿Qué podríamos haber comprado con ella?, ¿pan mohoso?, ¿una comida peor que la que proporcionaban a los caballos?, ¿unas tiendas poco aisladas?. Desde luego, éramos los últimos de la cadena y nos debíamos valer por nosotros mismos.
Cuando ya no quedaron hombres que pudiesen entretenernos, fuimos a por las mujeres. Las violamos, una tras otra, por grupos ingentes de nosotros, hasta que sus ojos quedaban sin vida, obligando a madres a mirar cómo destrozábamos a sus hijas, mientras imploraban que por favor se lo hiciésemos a ellas, mientras las torturábamos, las golpeábamos, las atábamos para que no se resistiesen, marcábamos su piel, las despojábamos de sus cabellos y hacíamos todo lo que se nos ocurría hacer con ellas. Sólo la falta de imaginación frenaba nuestras acciones. La que conseguía sobrevivir, la reservamos para venderla como esclava, quizás para guardarla para el próximo asedio.
Cuando ese tipo de diversión ya no nos satisfacía tampoco, fuimos simplemente entrando en las casas, robando, destrozando muebles, coleccionando objetos que nos parecían de valor, y que por supuesto, no habían sido entregados al ejército titular, que avanzaba hasta la siguiente ciudad, a las élites, a los héroes.
Pero las guerras son así, ¿no?. Unos luchan por la gloria; otros luchamos porque es lo único que sabemos hacer.
Todo ello fue en a penas una semana. No necesitábamos más para destrozarlo todo.
Sólo había un único lugar en el que no nos atrevíamos a entrar, un único sitio que nos aterraba incluso antes de haber asediado, incluso antes de haber entrado, incluso antes de haber mancillado.
Conforme iban pasando los días, más y más gente de la ciudad entraba en el Templo de los Dioses, los más valientes, supongo o quizás los que ya no tenían nada que perder o los que temían más la ira de un mortal que la de un Dios. Refugiados entraban a hurtadillas, abrigados por las sombras de la noche y protegidos por nuestro temor.
No se puede decir que yo fuese una persona especialmente supersticiosa o creyente de los dioses. Ahora sí lo soy. Vaya que si lo soy…
Aquel lugar, no obstante, despertaba en mí una sombra oscura que atenazaba mi alma cada vez que me acercaba. Me obligaba a pensar a mí mismo que se debía a los susurros de los demás hombres, a las leyendas que durante el asedio se contaban para entretener las largas noches, en cómo parecía haber un silencio sepulcral de lo que yo denominaba respeto, incluso por los pájaros que allí entraban.
Aún hoy, creo que me autoengañaba y todo lo que sentía era una premonición de lo que iba a pasar. “No te enfrentes a los Dioses”.
No sé si alguien será capaz de leer mis palabras o si también eso habrá sido borrado de la historia, pero la realidad es que un mortal nunca se ha de hacer frente a los Dioses, puesto que Ellos, al contrario que nosotros, tienen una imaginación ilimitada y su creatividad en la acción, por tanto, es también ilimitada. No te enfrentes a los Dioses.
Sólo hacen falta unas pocas palabras para que un necio caiga en una trampa, incluso aunque la trampa tenga un cartel que la señala directamente. Nos creímos más listos; o quizás estábamos aburridos de hacer lo que hacíamos siempre.
¿Fue el alcohol el que nos llevó a eso?, ¿fue el sentirnos dueños de toda la ciudad?; nos sentíamos como dioses y nos creímos comparables a Ellos.
Entramos. Ya no quedaba nada que nos interesase en cualquier otro rincón de la ciudad y entramos.
¡Qué maravilla!, ¡qué lugar!. La opulencia, el decoro, columnas de cristal de roca, suelos de lapislázuli, techos reflejando la luz como una bóveda de los mismísimos Dioses, aquellos inciensos que embriagaban los sentidos, sus paredes tapizadas en plata y marfil, sus telares de seda de araña, lana de vicuña, tela de guipur, porcelana de los tizûes, alfombras que parecían líquidas de tanto oro que había en ellas, sus muebles de madera de agar, ébano, sándalo rojo, sus aceites, sus licores, fuentes de agua cristalina y perfumada…
Más de lo que jamás habríamos recogido ni en cien vidas de cada uno de los mil hombres que éramos.
Y todo aquello se iba a perder en el olvido, a malgastar en una ciudad que habíamos conseguido que no se recuperase jamás. Éramos ricos.
¿Qué hace un avaricioso cuando ve todo aquello?, ¿qué podíamos hacer después de haber estado dos meses como perros entre el barro de las trincheras?, ¿después de haber entrado en una ciudad que parecía haber sido nuestra sin dificultad?
Desoímos las advertencias de las clérigas, desoímos los llantos desesperados de los monjes. Rajamos cuellos hasta que no hubo ni un suspiro que pudiese poner freno a nuestras acciones. Saqueamos todo, hasta que sólo quedó la estructura del edificio.
Entonces la vimos. Al retirar una gran estatua de oro y jade que representaba el nacimiento de Tran-Elith, vimos la entrada a una cámara oculta. Habíamos llegado tan lejos… ya no quedaba ninguna voz que nos susurrase que parásemos. Todos estaban muertos o habían huido.
Bajamos. Ninguno quería perderse el gran tesoro que con tanto fervor habían protegido sus ciudadanos. Una inmensa sala, de piedra y roca natural, con minerales preciosos y geodas incrustadas en las paredes, cada brillo de nuestras antorchas reflejaba la salvaje naturaleza que allí se encontraba.
¿Y el suelo? una inmensa laguna, de aguas completamente transparentes y estática, sin ninguna brizna de brisa que la perturbase, sin ningún rastro de humanidad, pura, divina.
Embebidos del poder que nos había dado tanta riqueza, nos sumergimos en la Laguna de los Dioses. Quizás si hubiese prestado más atención, yo o cualquiera de mis hombres, quizás nos habríamos dado cuenta de que aquellas aguas no reflejaban nuestra imagen. Pero ¿quién tenía tiempo de percatarse de los detalles?.
Hipnotizados por una extraña llamada, bebimos de ella y una singular y desconocida calma invadió nuestros cuerpos, pasó por nuestras gargantas y calmó nuestros estómagos, limpió nuestras almas, como si el mundo a nuestro alrededor se apagara por un segundo, como si nada ni nadie más existiera fuera de nosotros mismos.
El jolgorio, las risas, la alegría, la calma… “¡Eh, ahí hay algo!”. ¿Un tesoro? Sobre un peñasco en el centro de la laguna, un arca tallada en piedra negra, cubierta con cadenas doradas y símbolos divinos. ¿Qué habría en su interior?: la recompensa final.
Ni siquiera recuerdo si fui yo el que la abrió. No importa. El resultado fue el mismo. La abrimos; ¿qué otra cosa podíamos hacer?.
En su interior, un montón de máscaras de carne petrificada nos devolvieron la mirada, algunas tenían expresiones de horror, otras, extrañas sonrisas siniestras. Sus ojos sin vida nos miraban, parpadeando al unísono, como si de un sólo rostro se tratase.
Susurraban, susurraban nombres, nombres que no recordábamos haber escuchado y que sin embargo, eran completamente familiares a nuestros oídos. No sonaban extraños, pero no los habíamos escuchado nunca. Nuestros propios nombres.
Y del recuerdo de nuestro propio olvidado nombre: el caos.
¿Quién se asustó primero?, ¿quién empujó el arca hasta derramar los rostros sobre las aguas?; ¿acaso importa?. El resultado habría sido el mismo.
Aquellas máscaras imperturbables, que sólo parpadeaban a un mismo son, se disolvieron en el agua, desapareciendo en la tranquilidad de un líquido que habíamos mancillado, como si regresasen a su origen, liberados para siempre de las cadenas de oro que las custodiaban.
“¿Qué ha pasado?”, “¿qué era eso?”. Intenté llamar a mi segundo, pero cuando fui a pronunciar su nombre, las palabras se me quedaron atrapadas en la garganta, incapaces de salir. Lo intenté de nuevo: ¿cómo se llamaba?, ¿quién era mi segundo?. Miraba a todos extrañados, pues no conocía a ninguno de esos hombres que allí se encontraban, sin saber por qué estaban allí, conmigo. Salimos, sin saber por quiénes estábamos siendo escoltados.
Al emerger de la laguna, al pisar suelo firme, al contemplar la destrucción de lo que habíamos causado, todos lo recordamos: recordamos quiénes éramos, qué hacíamos ahí, de dónde veníamos, pero jamás nos habíamos visto, jamás nos habíamos topado los unos con los otros. Completos desconocidos.
Regresamos al ejército, entendiendo que éramos parte de él, mas nuestras interacciones parecían no tener fruto. Ninguno de los altos mandos recordaba habernos visto jamás. Intentábamos pronunciar nuestros nombres, nuestros mandos, pero la garganta se cerraba en torno a nuestra voz, ahogándola como si aún siguiésemos tragando ese agua de la Laguna de los Dioses.
Volvimos al hogar, desterrados de lo que había sido nuestra profesión, sin nada en las manos. Nos separamos y disgregamos, pues cada uno de nosotros era un completo desconocido para los demás. Nuestras familias nos miraron como extraños y nos echaron también de nuestro hogar, de nuestras propias casas: mujeres, padres, madres, hermanos, hermanas, hijos, hijas… No teníamos nombre, no teníamos rostro, no teníamos valor.
Todos ellos, todos a los que alguna vez habíamos conocido, parecían habernos dado muerte en vida. Si intentábamos que recordasen, que nos mirasen, sus mentes simplemente saltaban ese vacío, como si jamás hubiésemos nacido o formado parte alguna en sus vidas.
El verdadero castigo: no haber borrado nuestros propios recuerdos.
Ahora, condenados a la soledad de no ser recordados, vagamos sin rumbo por el mundo, convirtiéndonos en sombras que jamás serán recordadas, convirtiéndonos en los vivos que los demás ignoran.
Los mil malditos sin rostro.

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