Sesión 2ª
1ª parte.
En un momento totalmente anticlimático para ello, en la que bien se podría haber iniciado de nuevo la pelea, se abrió la puerta, dejando aparecer dos figuras moradas. Una de ellas era alta, fuerte y robusta, de bigotes poblados y bien atusados, de pelo blanco, al igual que su media melena. El hombre llevaba una puesta una sonrisa que parecía ser permanente, según mostraban los surcos de sus arrugas. La otra figura era más destacable, no tanto en su figura sino en su aspecto, de cabellos morados y repeinados hacia atrás, con un bigote y una perilla, maquillaje blanco por la cara, haciendo líneas de puntos bajo los ojos y en el puente de la nariz, lo que aún conseguía destacar más la heterocromía de sus ojos: uno azul y otro negro.
-Por favor, continuad con lo vuestro - Airbin hizo un ademán con las manos para acompañar sus palabras, sin dar mayor importancia a las dos figuras que habían entrado. Parecía que la taberna estaba a punto de hacerle caso cuando de pronto siguió hablando -; excepto tú - señaló acusatoriamente a un baltyo que había en la planta superior -. Baja aquí.
La voz del tabernero había sonado cortes, pero su mirada dejaba entrever que no era un hombre al que se pudiera pasar por alto cuando solicitaba algo. Quizás eran los cuatro hombres que le acompañaban o que todo el mundo que había ahí parecía estar a sus órdenes.
Antes de que el azul fuese a donde se le exijo, los dos hermanos tizûes se acercaron a la mesa de Airbin, a quien reconocieron como el jefe gracias a su intervención.
-Buenaa tardes, caballero - Hjertelys, el hermano alto y de bigotes atusados, pronunció estas palabras con extrema cortesía. Ante todo la educación -. Mi hermano y yo somos viajeros.
-Podemos ofrecer espectáculo en su taberna a cambio de algo de comida y alojamiento - terminó de hablar Mowic.
Airbin no les prestó mucha atención. Estaba pendiente del baltyo, al que no le quitaba ojo mientras bajaba a donde él se encontraba. No eran los primeros viajeros que se encontraba; no eran los primeros que le prometían espectáculo; no eran los primeros tizûes que veía, ni serían los últimos.
-En este negocio solo funciona el dinero - sentenció sin mirarles -. Sois libres de hacer el espectáculo que consideréis y de recibir las monedas que otros quieran daros. Pero la comida y las habitaciones se pagan.
-Comprensible - dijo Hjertelys mientras Mowic inclinaba la cabeza en señal de acuerdo - iban a retirarse cuando Airbin continuó hablando.
-De todas formas, esta noche estáis de suerte: tenemos nuestro concurso anual de poesía maldita - les enseñó un folletín y esperó a que se retirasen para dar paso al hombre azul, que ya había llegado.
Mientras los dos hermanos morados ojeaban el folleto para informarse de las normas, el concurso comenzó. Dos hombres se subieron a sendos escenarios, uno a cada uno; escenarios que habían sido recogidos momentos antes para dicha actuación. Muchos de los presentes se levantaron antes de que comenzarán, huyendo del espectáculo, mientras otros, sin embargo, entraban prestos a escucharlo. El camarero lanzó una moneda y tras comprobar que era cara, señaló el escenario de su derecha y el espectáculo comenzó. Una serie de insultos comenzaron a salir de la boca del hombre y el público reaccionó a sus palabras con un gesto de dolor en el rostro. Algunos otros rieron cuando el otro hombre intentó hablar y solo consiguió un gallo.
El concurso de poesía maldita quedó de fondo para Airbin.
El tabernero era una de las tres personas que controlaban Rhom. Era un hombre imponente a pesar de su rostro desgastado y cansado; denotaba un cierto aire de poder, de confianza y de seguridad en su experiencia que te decía que era mejor no llevarle la contraria, no porque no se pudiese hacer, sino porque de hacerlo, saldrías perdiendo. Pero no todo el mundo tiene ese instinto de conservación.
Atuma, el baltyo del que había reclamado la presencia, era un hombre joven, de unos veinte años aproximadamente, sin nada de pelo en su cuerpo, pero sí con el bello característico de su raza. Carecía de los tatuajes faciales que les cubrían el rostro, pero tenía esa nariz de tiburón y en las manos tenía la membrana interdigital que les ayudaba a nadar más rápido. A nada que supieras de esa raza, podrías saber que el baltyo no había sido desterrado, pero que tampoco había cumplido con las tradiciones de su cultura. Eso al tabernero le vendría bien.
El baltyo terminó llegando hasta la mesa del dueño de “La Jarra Rota”, que seguía custodiada por sus cuatro hombres de máxima confianza. Durante el camino había intentado remolonear, e incluso había tentado a la suerte de intentar introducir la mano en algún bolsillo sin vigilancia. Pero prácticamente todas las personas por las que pasaba cerca, dejaban de prestar atención a lo que estaba haciendo para fijarse en el hombre azul.
-Entiendo que seas forastero y que no conozcas todas las normas de esta taberna, pero gracias a tu pelea, mi local ha quedado… feo - esta ultima palabra la pronunció de manera dramática, tras señalar todos los destrozos que había por el lugar -. Me temo que estás en deuda conmigo.
-¿Y de cuanto se trata la deuda? - preguntó el baltyo, echando mano a su bolsillo -. Podría fregar platos para ti o yo que sé.
-Mmmmm… cincuenta monedas de oro será suficiente - la media sonrisa de Airbin no fue nada disimulada -. Tendrías que pegarte toda una vida fregando platos para pagar esa deuda chaval.
Por supuesto, las intenciones de Airbin no eran tanto las de recuperar el dinero, pues tenía de sobra para las reparaciones que habría de hacer en la taberna, que ni de lejos ascendían tampoco a cincuenta monedas de oro, sino que más bien, lo que deseaba era contar con un baltyo “aliado”. Había que darse cuenta de que Eikha estaba llena de diferentes razas, con diferentes características cada una de ellas. Sería estúpido el que negase que alguna vez en su vida no necesitaría un favor que él no pudiese realizar. Airbin había aprendido a rodearse de gente que no cumpliese sus mismas características. Y pretendía conseguir a un hombre azul.
Terminó la conversación con un gesto de la mano, indicándole a Atuma que se fuese por donde había venido.
El hombre pez arrastró los pies, comenzando a urdir un plan para recolectar todo lo que ahora mismo adeudaba. Por supuesto que no tenía tanto dinero, ni siquiera juntando todas sus posesiones; sin embargo, si algo se le daba bien era robar. O más que darsele bien era un impulso que no podía evitar tener. ¿Por qué no aprovecharlo entonces?
-Vosotros dos parecéis unos hombres majos - dijo, sentandose en la mesa de los dos hermanos tizûes, que tampoco a él le habían pasado inadvertidos. Había robado una jjarra de hidromiel abandonada antes de llegar y le dio un largo trago -. Necesito que me hagáis un favor.
-¿Que clase de favor? - Hjertelys parecía tener sus recelos, sin embargo, Mowic parecía encantado con la proposición y con la perspectiva de conocer gente nueva.
-Solo necesito que hagáis bien lo que tenéis pinta de hacer bien - el baltyo sonrió, dejando entrever sus afilados dientes -. Vais a participar en el concurso, ¿no? - señaló el violín que Mowic llevaba a la espalda, tumbándose prácticamente entero en la mesa y dejando caer el brazo para hacerlo -, pues solo necesito que sea una buena distracción para…
-Para poder robar - terminó Hjertelys la frase. A pesar de las arrugas de patas de gallo que tenía en los ojos de tanto sonreír, ahora las arrugas que se marcaban estaban en el ceño -. No somos esa clase de gente - comentó, tajante.
-Hermano, no nos está pidiendo nada que no vayamos a hacer. Solo tenemos que tocar - Mowic intentaba calmar las sospechas de su compañero de viaje, pues estaba convencido de que Atuma no quería hacer nada malo. Igual solo quería irse sin ser visto. Y eso no se lo podían impedir.
-¡Además yo no robo! - dijo ofendido el baltyo, incorporándose de la mesa y volviendo a dar un trago de hidromiel -, aunque muchas veces me acusen de ello. Es más por mala suerte.
La conversación no pudo extenderse mucho más, ya que el camarero de la taberna, Ru’ar, se acercó a los dos tizûes y al baltyo y convocó al escenario a Mowic.
El tizû, con la certeza de que sus palabras causarían sensación, subió al escenario sin mirar atrás. Hjertelys, acostumbrado a sus espectáculos y para nada cansado de ellos, reposó su brazo en el alto de la mesa, para poder ver ambos escenarios y paciente esperó la poesía de Mowic.
Comenzó a tocar el violín, un extraño violín con forma de ballesta. Era singular oír música en “La Jarra Rota”, o al menos, ese tipo de música: elegante, con cierto sentimiento y conocimientos artísticos, más armonioso y menos ruidoso. El bardo comenzó a entonar unas palabras, siguiendo el ritmo y la melodía que su violín lanzaba al aire.
“En el susurro nocturno, donde las sombras danzan, bajo el manto estrellado, la locura avanza. Con tinta de veneno, en pergaminos de desdén, escribo versos malditos que el alba no verá bien.
Desde la tumba fría de un amor prohibido, hasta el éxtasis de un grito en el olvido, tejo con palabras el lienzo de mi condena, donde cada estrofa es una cadena.
En el jardín del vicio, donde florece la pasión, cultivo rosas negras con mi desolación. Y bebo de la copa, embriagado de pesar, donde el néctar es veneno, difícil de tragar.”
Entre medio de la poesía, aprovechando el despiste de la gente, mientras de fondo seguía soñando aquella maravillosa voz acompañada por un violín, como una pareja de baile bien sincronizada, Atuma se acercó sigiloso por la espalda de Airbin, que se encontraba disfrutando del espectáculo, e intento robarle. El mirtino calvo, sin ni siquiera dignarse a mirar al baltyo, atrapó su muñeca con unos dedos fuertes y algo huesudos.
-Muchacho - comentó en un susurro para no estropear la poesía -, te he dado una oportunidad, pero no juegues conmigo - soltó la muñeca esperando que la advertencia hubiera sido suficiente. De veras que le interesaba más su colaboración que su muerte.
“Mis versos son el eco de un alma en desvarío, un susurro en la brisa, un lamento frío. Por caminos de sombra, mi pluma se desliza, dejando tras de sí, una estela de ceniza.
En esta noche oscura, mi voz se alza maldita, cantando a las estrellas, una verdad no escrita. Porque en la tinta negra, mi espíritu se revela, y en cada verso maldito, mi corazón se desvela.”
La sala entera quedó en silencio. Alguno de los presentes hasta dejó la boca abierta, a medio beber un trago o medio comer un trozo de comida. Solo tras unos instantes, se inició un acalorado aplauso, al que se le unió el resto de la taberna. La mayoría de los presentes de “La Jarra Rota” no habían entendido ni la mitad de las palabras, pero lo importante es que se habían quedado con la idea de las palabras.
El contrincante replicó con su poesía:
“Eres el idiota que canta. Tu presencia me espanta. Desde luego no te soporto. Tu risa es de un falso encanto, y tus palabras, inventadas y desconocidas, me producen un profundo espanto.”
El hombre que había subido al escenario se calló. Se había quedado en blanco tras su primer verso al ver que el público no reaccionaba.
Aunque Mowic supiese que esas palabras iban destinadas a él, el temblor de la voz del mirtino que las pronunció no hizo mella en él. Después de todo, eran solo palabras ¿que podrían hacerle? El público abucheó al hombre mirtino, que abatido, bajó al escenario dejando dar paso al siguiente.
Esa última escena se repitió durante tres veces más, hasta que Mowic sintió una punzada de derrota en el pecho, cuando su última rival, con su poesía, ridiculizó la forma de actuar se los de su raza. ¿Se le podía herir a un tizû en el orgullo? Al parecer sí. No supo como replicar a sus palabras y el violín no acertó con ninguna nota de inspiración.
Mowic bajó del escenario con la cabeza gacha, pero le duró poco. Había llegado nuevo a un pueblo con una tradición de varias ediciones y había conseguido dejarles sin palabras con algo totalmente nuevo que oían por primera vez. En realidad tenía que sentirse orgulloso. Sonrió a su hermano, que había aplaudido casi más fuerte en su derrota que en su triunfo, con el fin de darle valor y confianza.
Antes de llegar a sentarse, Ru'ar les indicó que fueran a hablar de nuevo con Airbin. Parecía ser el centro del lugar aquel hombre.
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