Sesión 2ª
2ª parte.
Pero no todo giraba en torno a Airbin.
A Kopak siempre se le habían dado bien las sombras, pasar desapercibido y mantener… un perfil bajo. Por eso, cuando había visto estallar la pelea, el pelko lo primero en lo que pensó fue en que tenía que desaparecer de allí. Y así lo hizo.
Era cierto que un gris como él, vendado de pies a cabeza para cubrir su piel blanca como el yeso lo máximo posible del sol y otras fuentes luminosas, con una tupida tela tapándole también los ojos para evitar quedarse ciego y una mascara de rostro inexpresivo para tapar todo aquello y que no le reconociesen como propio de su raza, podría llamar la atención en cualquier parte. Sin embargo, en “La Jarra Rota” nadie parecía reparar en su presencia, tal vez porque dos de sus camareros habituales eran pelkos, quizás porque en los bajos fondos no importaba la raza de la que fueses o puede que simplemente estuviesen tan ocupados en no ser reconocidos que no se molestaban en reconocer a los demás.
El caso es que una vez fuera, Kopak esperó paciente a que todo terminase, de un modo o de otro, mientras espiaba desde fuera todo lo posible: qué clase de gente huía del conflicto y quiénes de los que estaban afuera paraban sus actividades para entrar a pelear. Quería averiguar qué clase de lugar era ese.
Cuando observó que la pelea había acabado, se introdujo de nuevo en la taberna aprovechando la entrada y salida de la gente, para camuflarse con un grupo y luego no ser reconocido como solitario. Inspeccionó todo: se asomó a la cocina en busca de alguna puerta aledaña a alguna otra sala, subió a la primera planta, entró en la habitación común, subió a la segunda planta y examinó las habitaciones privadas. No encontró nada sospechoso o fuera de lugar, pero su instinto y experiencia le decía que aquel negocio no era el único sustento de Airbin Nyuli.
Sin poder mirar más a fondo, decidió probar suerte con el origen de la información. Se sentó en una mesa cercana a la de el tabernero, por señas pidió cualquier cosa que se pudiera servir en una jarra y una baraja de cartas y disimuladamente, mientras jugaba un solitario y bebía, escuchó atentamente.
-Me he metido en un lío Airbin - dijo un mirtino de facciones bastante comunes -. Ya sé que me advertiste, pero necesito salir de aquí - su voz sonaba desesperada.
El golpe de las cartas sobre la mesa proporcionaban a Kopak una visión de todo el espacio de la taberna, ya fuese a su frente o a sus espaldas, pudiendo disimular su falta de visión y pasar inadvertido cmo cualquier otra raza.
-Mira, te voy a ser sincero: no me hace gracia que estés en esta situación y estoy seguro de que no puedes pagar lo que pides - comenzó a decir Airbin -, pero…
-¡Hemos servido juntos! - interrumpió el desesperado hombre, en una exclamación susurrada.
-... pero - continuó Airbin con una profunda mirada de paciencia odiosa por la interrupción - … precisamente como hemos vivido mucho juntos, te haré el descuento que me pides. Aunque no aquí. Espera a que cierre.
Kopak sabía lo suficiente de Rhom como para saber que la familia Nyuli trabajaba con nuevas identidades: se dedicaban a hacer que gente que no quería ser encontrada desapareciera o que gente que quería cambiar de vida, apareciese de pronto. Era algo que mucha gente pasaba por alto: podían decidir ser otra persona, que desde luego, era una mejor solución que seguir siendo el mismo pero muerto. Y por eso los Nyuli eran tan famosos y tan ricos en Rhom; no era un servicio barato.
El pelko apuró su jarra, dándole un último golpe para observar la estancia por última vez, antes de seguir al tal Desesperado a la calle, esperando un poco y disimulando junto a otro grupo de personas que salía, aprovechando que el tío raro del violín había dejado de tocar y cantar. Con sumo sigilo, subió al tejado de una de las casas más pegadas a la taberna y desde ahí se desplazó siguiendo a Desesperado. Sí, definitivamente las sombras eran su terreno.
El mirtino, arrastrando los pies apesadumbrado, se dejó caer en el banco de una casa, la que Kopak imaginó que sería de Airbin, tomó su capa y se la echó encima a modo de manta, apoyando la cabeza en la pared, donde, en esa postura, se quedó dormido. El pelko se limitó a esperar, pacientemente, a que sucediese algo. Esa era su especialidad.
Al cabo de las horas, lo que el gris dedujo que serían alrededor de las tres o cuatro de la mañana, Airbin entró en su casa, despertando de manera previa a Desesperado, que eternamente agradecido y continuando con su arrastre de pies, entró en la casa dejando la puerta cerrada. Desde ahí Kopak no podía observar ni oír nada, pero tampoco lo necesitaba. Esperó. Esperó un poco más. Esperó y al cabo de lo que pareció una o dos horas más, el hombre salió, con Airbin en el umbral de su puerta.
-Recuerda: ahora te llamas Staf - comentó el tabernero mirando a todos lados -. No tienes mujer, no tienes hijos, no tienes trabajo y tu especialidad es todo lo que quieras menos cualquier cosa que se te dé bien o con la que te hayas ganado la vida anteriormente - dijo eso último entregandole un sobre cerrado bastante voluminoso.
Sin más palabras que aquella, Airbin le cerró la puerta en las narices y apagó las luces del interior. Staf, con menos aire de Desesperado y más de Staf, dió media vuelta y comenzó a caminar, dispuesto a salir de Rhom, pero Kopak no iba a dejar pasar la oportunidad. En medio de la noche, en medio de las sombras, como a él le gustaba, como él se sentía cómodo, abordó al mirtino con un karambit rodeando su cuello. De inmediato, el hombre se paró, temeroso de que el cuchillo cortase su piel. Cuando Staf vio que su asaltante no pronunciaba palabra, temió lo peor. ¿Acaso Airbin le había estafado?
Kopak apretó más el cuchillo contra la garganta del mirtino, que soltó un sollozo. Los pelkos tenían una enfermedad conocida como “el mal de los pelkos”, una parálisis en las cuerdas vocales, por lo que era físicamente imposible que pudiera hablar. Alguna otra persona podía padecer esa parálisis, pero en el caso de los grises, era congénito.
Staf sollozó cuando notó que su piel se rajaba.
-¡No sé que quieres! ¿Te manda Rowe? ¡Ya le dije que me iría! ¡No me va a volver a ver! ¡Lo juro! - aquel hombre volvía a tener más de Desesperado que de Staf.
El pelko arrancó el sobre que Staf se había metido entre los pliegues de su capa, lo abrió y dando pequeños golpes a los papeles, pudo observar los surcos que la pluma había dejado en los papeles. Eran documentos: documentos de identidad falsos, cartas de familiares falsos, permisos falsos. Una vida falsa.
Kopak no iba a llegar a ningún lado con eso. Quitó el cuchillo del cuello del hombre y le arrancó el dedo meñique cuando Staf volvió a repetir el nombre de Rowe y a través de su cuerpo, se hizo entender para que el mirtino supiera qué era lo que quería oír. Después de todo, tenía práctica en comunicarse sin palabras.
-Yo… yo… me faltaba dinero - su voz se le quebraba por el miedo -. Me apunté para trabajar con la familia Vallaram esperando que ellos me dieran una nueva vida - sollozó al notar que el dolor de su dedo amputado no se le pasaba, viendo como el karambit se acercaba a su siguiente dedo -. Era un robo, un simple robo. Fácil para la primera misión: un Don nadie al que había que robarle materia prima y todo lo valioso que pudieramos encontrar por el camino. ¡Lo juro! No quería matarlo, yo no quería matarlo. Sólo teníamos que robarle. No quería matarlo, lo juro.
Kopak puso los ojos en blanco, observando cómo aquel hombre comenzaba a entrar en bucle, pensando que quizás su agresor era una persona que intentaba ajustar cuentas por aquella muerte. El mirtino no paraba de llorar, arrugando toda su cara, deformandola en un gesto que a Kopak siempre le había recordado a la debilidad, con las babas cayéndole por lla boca. El pelko supo que no conseguiría sacarle nada más y que nada de lo que supiese estaba relacionado con su misión.
Suspiró, separándose del mirtino y tirándole el dedo que le había amputado junto a la nueva documentación proporcionada por Airbin, para volver de regreso a Rhom. Quizás no había descubierto el pastel que pretendía, pero sabía que de alguna forma, los Vallaram no sólo eran una fuerza mercenaria importante en Rhom, sino que además, se dedicaban a ajustar sus propias cuentas.
Al igual que le interesaba tener a un baltyo trabajando “para él”, tener tizûes no era algo que se pudiera pasar por alto. Su innegable don para curar tanto heridas como enfermedades les hacía útiles de por sí, pero además de ello, había que considerar que también eran altruistas, benévolos y en general, gente sin maldad a la que era fácil engañar para que consiguieran espiar para tí, sin que nadie sospechase.
Fue por eso que Airbin les mandó llamar en cuanto el que parecía más joven de los dos, terminó de tocar aquella extraña canción.
-Muy interesante la propuesta que has hecho hoy - comentó el tabernero cuando el hombre que había estado hablando anteriormente con él se fue, arrastrando los pies -. Me gustaría compensarte por el entretenimiento que me has proporcionado - el hombre dejó caer unas cuantas monedas en la mano de Mowic, que las miró agradecido y se las guardó con una inclinación de cabeza -. No obstante, aunque buena, no os he hecho llamar por tu actuación. Puede que necesite vuestra ayuda, si estáis interesados, claro - el hombre cruzó los dedos y apoyo su adornada barba en sus manos.
-Eso dependerá de la propuesta - respondió Hjertelys, más por la precaución que había conseguido aprender que porque sospechase de las malas intenciones de nadie.
-Bien, creo que no habéis llegado a ver cómo mi hija se metía en líos. - y la cara de Airbin dijo “una vez más” -. El caso es que Rowe, una vieja amiga, se la tiene jurada porque presuntamente ha ayudado a escapar a uno de mis camareros de su sede y eso la hace quedar bastante mal. No llego a creerme ni una sola de sus palabras y creo que quiere cargarme el muerto. Necesito que encontréis a Eigor, mi camarero, para que Rowe no arremeta contra Nylah, mi hija.
Lo cierto es que ni Mowic ni Hjertelys tenían planeado un viaje concreto para hacer. Ambos tenían su Camino marcado y visitarían los lugares que considerasen necesarios hasta cumplirlo. Eso significaba que tenían todo el tiempo del mundo para ayudar a quienes fuera necesario.
-¿Por qué Rowe quiere a su camarero? - preguntó el hermano mayor, atusándose el bigote y peinándolo en un gracioso rizo.
-No estoy seguro - los tizûes podían ser ingenuos, pero sospechaban cuándo alguien mentía -. El caso es que necesito encontrarlo. Kamin es su hermana - señaló a una muchacha pelka que se encontraba sirviendo mesas a todo correr -. Ella es la que más información al respecto podrá daros. También estoy preocupado por ella - lanzó un suspiro -; la quiero casi como a una hija. Según Rowe, la última persona que vio a Eigor fue Nylah, pero no tengo ni idea de dónde puede estar ahora mi hija - el tabernero vió dudar a los dos hombres -. Por supuesto, si me ayudáis, no sólo recibiréis una recompensa, sino que además la familia Nyuli estará en deuda permanente con vosotros.
-Si nos lo permite - comentó Mowic -, nos pensaremos si este encargo nos cae a la altura - inclinó la cabeza -. Por otro lado, si deseamos conseguir una habitación ¿con quién podemos hablar?
El dueño del local señaló con la cabeza a Ru’ar, que tras dirigirse a él, explicó a los dos morados las diferentes estancias que tenían. Decidieron, por su bien, pagar un poco más de precio para poder dormir tranquilos y seguros. Subieron a la segunda planta, entraron en su habitación, se pusieron cómodos y discutieron brevemente el asunto.
-Debemos ayudar en todo lo que podamos, hermano - comentó Hjertelys.
-Además, estoy convencido de que Airbin Nyuli puede ayudarme a aprender más sobre el poder de las palabras y las letras. Y es mi Camino.
Y la discusión se terminó.
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