martes, 4 de junio de 2024

Capítulo II. Polvo en el camino.

 Sesión 2ª

2ª parte.

El cuartel general del grupo Vallaram estaba en la zona norte del pueblo, visible desde la plaza central o incluso desde las sucias ventanas de “La Jarra Rota”. No era de extrañar; Rhom no era un pueblo muy grande a pesar de todo el movimiento y ajetreo que tenía.

El acantonamiento consistía en un gran edificio de dos plantas, no muy alto pero suficiente como para sobresalir de la mayoría de ellos, hecho en piedra, con un gran patio rodeado por una muralla de unos dos metros de altura, coronado con cristales rotos para evitar los accesos indeseados. Tenía una línea de viviendas adosadas que Pfeil supuso que sería para todos los mercenarios del grupo. Las ventanas eran tan estrechas que apenas cabía un brazo fornido, pero sin duda sí podría salir de ahí una flecha disparada con puntería.

La puerta, a donde la zhamí se dirigía, era de madera maciza y se encontraba tachonada con gruesas chapas de metal, imitando las armaduras, de una forma bastante casera pero eficaz. En el patio de la entrada, sin amurallar, había un montón de armas y armaduras oxidadas por las inclemencias del exterior y la falda de cuidado. En un cartel ponía “Si te haces Vallaram, mueres Vallaram. Aquí descansan las armaduras de los traidores”.

La verde supuso que si el fin de sus armaduras, que seguro que poseían algún valor al venderás de segunda, había sido tan trágico, los traidores no habrían sufrido un castigo más clemente. Suspiró hondo recordando lo que le había pasado a su gente… No, aquel grupo no era de los que mostraban piedad. Pero claro, eran mirtinos.

La mujer alada llevaba toda la mañana siguiendo a los dos hermanos tizûes y al balty, esperando el momento idóneo para presentarse y juntarse a un nuevo grupo que pudiera ayudarla con su… misión. Se había cansado de su indecisión y de ver cómo daban vueltas alrededor del complejo Vallaram para buscar un lugar por donde entrar, cuando estaba claro que habían construído el edificio de tal forma que eso era imposible.

A veces lo más obvio era lo más útil. Se acercó a la puerta y llamó con decisión.

Tardaron, pero supuso que no tendrían un portero para abrir a discreción, de hecho, estaba a punto de volver a tocar cuando oyó que un fuerte pestillo se desplazaba. De la ranura de la puerta que se entreabrió, salió una cabeza demasiado pequeña para el cuerpo que acompañaba. O sería el cuerpo lo que era monstruosamente grande, debido al ejercicio y al mantenimiento que le daba.

-¿Que quieres? - preguntó Cabeza Pequeña.

-Quería contratar los servicios Vallaram - lo dijo más alto de lo que una conversación privada exigía. Pfeil puso su mejor sonrisa mientras contestaba de forma directa a lo que le preguntaban.

Cabeza Pequeña cerró la puerta casi por completo pero Pfeil sabía que no se cerraría del todo. A gritos preguntó “¿Que hago con esta tipa?”. La zhamí no llegó a oír la contestación, pero supuso que fue algo parecido a que la dejasen entrar, porque Cabeza Pequeña abrió la puerta y se apartó para dejar paso a la mujer alada.

La verde echó una fugaz mirada a su derecha y comenzó a introducirse lentamente en la guarida Vallaram, dando tiempo de entender al grupo que llevaba siguiendo toda la mañana de que su infalible plan de llamar a la puerta había funcionado. Vió como los tres hombres aceleraban el paso hacia ella, en un sordo gesto de espera. Con una sonrisa burlona, entró y Cabeza Pequeña comenzó a cerrar la puerta.

La luz era tenue en el interior del cuartel, casi no entraba luz por las pequeñas rendijas que dejaban las ventanas y sólo había un par de candelabros sobre una gran mesa central y algunas lámparas de techo. La decoración era pobre y austera, así como de lo que Pfeil consideraba mal gusto: criaturas disecadas colgaban en las paredes, se disponían en el suelo, alfombras de animales… Todo un zoológico muerto. Le molestaban bastante menos los mapas colgados, de todos los rincones de Eikha, algunos reconocibles para ella, otros totalmente inexplorados.

La estancia se dividía en varias zonas: a la izquierda, una pequeña barra de bar, una vidriera con jarras y platos y una despensa a su lado, bastante sucias y poco cuidadas. Al otro lado de la sala: una zona con varios grilletes, cadenas, argollas y otros elementos de… retención, como una cruz giratoria.

El ambiente era denso y rancio, uno de esos olores que te golpean en la cara bien fuerte, pero al que te terminas acostumbrando, por suerte.

Apenas había echado un vistazo al interior del cuartel cuando llamaron a la puerta. Cabeza Pequeña resopló y volvió a abrir la puerta en una rendija.

-¿Y vosotros qué? - estaba claro que amable no era la palabra que le definiría.

-Emhhhh - comenzó a decir el tizû de ojos heterocromáticos -... venimos a ¿contratar sus servicios? - por eso Piel había elevado la voz. Quería dar pistas.

Cabeza Pequeña se giró, cerrando la puerta casi del todo por segunda vez en menos de cinco minutos y miró a la mujer rubia que estaba sentada en la barra, tomándose lo que parecía cerveza.

-¿Y a estos qué? - señaló la puerta -. ¿Vienen contigo? - le preguntó a la zhamí.

-Puede que tengamos intereses comunes - como Cabeza Pequeña pareció no pillarlo, Pfeil aclaró -. Sí, vienen conmigo.

-Anda, déjalos pasar, Yeiran - contestó la fornida mujer, levantándose y cogiendo un cuchillo que tenía apoyado sobre la barra, guardándolo en el cinto.

El hombre volvió a resoplar y esta vez Pfeil pudo observar la fuerza que tuvo que hacer para abrir la puerta del todo. Parecía encajarse en las ranuras del suelo y no supo exactamente si sería por el desgaste del edificio o para que nadie pudiese abrir la puerta de manera cómoda y fácil.

-¡Por fin! ¿Tanto te costaba? - comentó el balty cuando la puerta estuvo abierta para dejarles pasar.

-¿Ese también viene con vosotros? - preguntó la mujer señalando al azul, dirigiéndose a los dos hermanos.

-Nos hace compañía, pero puede quedarse fuera si lo preferís - comentó el hombre peliblanco y de bigotes atusados, leyendo en la rubia mirtina el desagrado que le causaba. Parecía que los dos tizûes eran expertos en entender la crispación y evitar los conflictos innecesarios.

Ni siquiera el pie que interpuso el hombre pez en el hueco de la puerta fue suficiente para que le dejaran pasar. Tras una breve amenaza por parte de Yeiran hizo que lo retirase y que se echasen todos los pestillos de la puerta.

-Buenos días - saludó con educación el tizû más alto -. Este es mi hermano Mowic y yo soy Hjertelys.

-Sí, me sonáis de ayer en “La Jarra Rota” - hizo un gesto, quitándole importancia a lo sucedido en la taberna -. Soy Rowe, la jefa en Rhom del grupo Vallaram - Piel se dio cuenta de que pronunció con excesivo énfasis la palabra jefa -. Venid, vamos a sentarnos y me contáis qué es lo que necesitáis.

Los tizûes no habían tenido una visión completa de la estancia debido a las dos grandes moles mirtians que les habían recibido, pero en cuanto vieron el rincón de los encarcelados, ambos se pusieron tensos al instante. Los morados no era una raza que se sintiese cómoda con la violencia, en absoluto.

Una vez estuvieron todos acomodados en la gran mesa del centro, Hjertelys y Mowic de espaldas a tanta cadena y grillete, Yeiran se fue a hacer sus quehaceres, fueran los que fuesen.

-Contadme, ¿qué servicio necesitáis exáctamente? - Rowe entrecruzó sus dedos y esperó a que alguien tomase la iniciativa. Nadie parecía tener un plan.

-Bueno - comenzó la zhamí -, no sabemos exáctamente qué hacéis o hasta donde llegáis.

-Niña, esa pregunta es muy complicada - Rowe rió desde el estómago, especialmente al confirmar que su comentario había molestado a la mujer alada -. Como podrás imaginar, no es lo mismo un robo sin violencia que el asesinato de alguien imoprtante. Necesito saber qué queréis para poder ofreceros una… tarifa orientativa.

-Queremos encontrar a una persona - dijo Hjertelys, claramente disgustado con la conversación y la ilegalidad de los actos que cometían el grupo Vallaram.

-Ah, no… - Rowe suspiró, tras una risa entre dientes -. Nosotros no nos dedicamos a buscar personas, nos dedicamos a lo que nadie quiere hacer. Podemos secuestrarlo, pero no somos investigadores - la mirtina se sentía muy cómoda ante la incomodidad de los morados.

-No disponemos de esa información; no sabemos dónde puede estar - comentó Mowic -, pero la última noticia que tenemos es que estaba aquí con vosotros.

Cuando Rowe comenzó a atar cabos de a quién se referían, su cara enrojeció de ira, su cuello se tensó, marcando todas sus venas y músculos y sus dientes chirriaron al apretarse.

-¡Estáis buscando a Eigor! - dió un puñetazo en la mesa de madera, poniéndose en pie y tirando la silla -. ¡Esa puta de Nylah entró aquí y lo sacó! - su saliva salpicaba a los presentes -. ¡No tengo ni puta idea de como esa puta niña puede entrar aquí y salir! ¡Aunque haya guardias!, ¡aunque esté todo cerrado! - no podía controlarse y daba patadas a las sillas y puñetazos a la mes. Sacó el cuchillo -. ¡Si no fuese por el puto dinero de su padre y el puto poder que tiene en este pueblo de mierda estaría muerta! ¡Muerta!

Continuó despotricando durante un par de minutos más, minutos incómodos y peligrosos para los tres presentes, que se apartaban de ella con cierto respeto cuando veían acercarse alguno de sus golpes. Pero no iba contra ellos. Cuando parecía que ya no tenía nada más que decir, la zhamí y los tizûes vieron cómo su color rojo desaparecía, cómo se recogía los mechones de pelo detrás de sus orejas y cómo guardaba el cuchillo en su cinto. Más calmada pero con odio en su mirada, se sentó y respiró hondo.

-Vamos a hacer un trato - los señaló uno a uno con el dedo, pareciendo más una amenaza -; vosotros me traéis a ese pelko estafador y a cambio os haré un descuento del veinte porciento permanente en todos los servicios que queráis contratar con nosotros. Sólo necesito al pelko.

-Creo - dijo Mowic tras un silencio prudencial -... que vamos a pensárselo detenidamente.

-Desde luego es una gran oferta - añadió Pfeil rápidamente, viendo como Rowe coemnzaba a enfurecerse de nuevo -. En cuanto tengamos alguna pista, nos acercaremos a comentártela.

Y haciendo un gesto a los dos hermanos para que se levantasen, ella misma abandonó la silla y se encaminó hacia la puerta, que Yeiran había comenzado a abrir, sin alarmarse mucho por el arranque de ira que su jefa había manifestado. Los tres salieron sin mirar atrás, antes de que la mirtina volviese a entrar en furia.

-¿Qué? ¿Cómo os ha ido? - preguntó el baltyo, levantándose de un salto. Había estado en la puerta esperando todo ese tiempo -. Por cierto, me llamo Atuma - y tendió la mano a la verde mujer.

-Pfeil - le estrechó la mano.

-Creo que ha sido una pérdida de tiempo - contestó Hjertelys tras sopesar las palabras que definían la situación.

-Creo que deberíamos buscar a Nylah - sentenció Mowic.

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