Othet nació en el año 1.724 de la Era de la Creación.
Eran tiempos difíciles, sumidos en cruentas batallas contra los Dioses en una guerra eterna donde él no había vivido el principio y dudaba que pudiera ver el final.
El nacimiento del Original fue oscuro, inmerso en las cuevas subterráneas de Eikha, sobre el frío suelo de piedra, confinados en aquellas yermas rocas, luchando día a día por una supervivencia vacía y sin sentido, que no aportaba calidez a ningún alma.
Cuenta la leyenda, que desde el día de su nacimiento, Othet destacó sobre los demás. Cuentan que, por el desfallecimiento de su madre debido al esfuerzo del parto, él mismo tuvo que cortar el cordón que a ella le unía. Cuentan que su deseo de supervivencia era tal desde su nacimiento, que nada ni nadie podría haberle parado. Su magia era superior a la de cualquier otro que hubiese poblado la faz de Eikha, como un resquicio de luz entre tantas tinieblas.
A los pocos años de vida del pequeño, su padre fue enviado a combatir, debido a su gran capacidad mágica, que sin duda no era ni la sombra de lo que heredó su hijo. La noticia de la muerte de su progenitor llegó a los pocos días de la partida de este. Othet quedó huérfano demasiado pequeño como para ser consciente de ello, por lo que no entendió que su madre lo abandonase en casa de su tío y que ella misma también partiera a la batalla.
Por ello, Othet consideró como única familia a su tío, que intentó criarle ajeno a todos los problemas de la superficie, desarrollando su magia para que fuese un buen ciudadano de las profundidades y ayudase en lo posible a las gentes que allí se encontraban, alejado de la maldad, de la muerte, del rencor, de la lucha contra los Dioses.
Sin embargo, a los 20 años de edad, decidió participar en la guerra, pues sabía que debía haber más allí arriba y que el mundo debía ser, sin duda, un lugar mejor, aún a sabiendas del dolor que le produciría a su tío, que le quería como a su propio hijo. Por ese preciso motivo, Othet sumió en un profundo sueño mágico al que le había tratado como un padre, del que no despertaría hasta que Othet regresase sano y salvo a casa.
Cuenta la leyenda que llegó a desarrollar tal poder que consiguió matar a un dragón con una simple mirada, y a un hevrebil con un solo susurro de su lengua. Cuentan que dominó a un unicornio con un gesto de su mano y que entrenó a un aran con un chasquido de sus dedos.
Los Dioses mandaron mil criaturas, mil seres, maldiciones, catástrofes… todo lo que durante años habían utilizado para exterminar ejércitos enteros; pero nada consiguió vencerle o derrotarle. Fueron más allá de lo que su imaginación había necesitado llegar nunca, crearon ejércitos de esqueletos y de sombras, de seres hambrientos, de criaturas que jamás debieron existir; más sin embargo, en ninguno de los combates, Othet perdió ni a un solo hombre.
Imbatible desde el nacimiento, Othet fue ascendiendo en el rango al mismo tiempo que su leyenda crecía, pues ni siquiera los Dioses no podían matarlo.
Forjó innumerables amigos en la batalla, tanto Originales como Híbridos. Todos le respetaban y admiraban, querían ponerse a su servicio y combatir a su lado, junto a él. En su ejército no existía el miedo, el pavor o el horror, no existía la desesperación, pesimismo o angustia, pues estaban con Othet el Original, al que los Dioses no podían dar muerte.
Tras esa eterna guerra de incontables muertes de Originales e Híbridos, a sus 38 años la edad de Othet, Ethorin y Lyane, aburridos de la imposibilidad de hacerle frente, regresaron al lugar de los Dioses. La guerra había acabado y él era uno de los héroes que lo habían hecho posible.
Othet se disponía a regresar a casa, despertar a su tío del eterno letargo y demostrarle que nada le había sucedido. Sin embargo, jamás llegó a partir de regreso a su hogar.
A pesar de lo que los Originales cabrían haber esperado, su situación en Eikha no mejoró, casi se puede decir que incluso, los tiempos corrieron incluso más desafortunados. Los Híbridos corrompidos por el poder, adoradores de Cartos, llevaban años planeando esclavizar y subordinar a los Originales bajo su yugo.
Los grandes guerreros Originales, como lo fue Othet en la lucha contra los Dioses, fueron encerrados en prisiones, demasiado valiosos como para ser asesinados y demasiado peligrosos como para ser vendidos como esclavos.
A Othet se le encerró en una enorme torre sin ventanas y con una única puerta, junto a los hombres y aliados que habían combatido a su lado, en celdas completamente aisladas las unas de las otras.
El resto de la raza no tuvo tanta suerte: los útiles eran vendidos al mejor postor, mientras que los inútiles eran asesinados o utilizados como diversión o caza.
El que había sido nombrado como Othet “el Rápido” quedó sumido en las sombras, prisionero en lo que fueron 26 años, traicionado por aquellos que habían combatido a su lado como aliados, por los mismos a los que le salvó la vida en incontables ocasiones.
En ese tiempo de reflexión, Othet se dio cuenta de que el abandono de interés de la guerra de Ethorin y Lyane no había sido otra cosa que una treta para que él y toda su raza sintieran el final de una contienda que no había acabado. Era la traición, disfrazada en los Híbridos, lo que los dos Dioses primarios habían creado para destruir a Othet el Indestructible.
Cuentan que durante esos más de 20 años, Othet estuvo preparando un conjuro para librarse de la prisión. Cuentan que el conjuro enamoró locamente a una Híbrida, mitad hiena mitad tigre, que siempre, día tras día, año tras año, iba a verle. Cuentan que conjurada, la Híbrida soltó al Original y a sus guerreros y le ayudó a escapar. Aquella Híbrida se llamaba Calsik, y el conjuro que consiguió hacer Othet fue tan poderoso, que decidió abandonar a su raza entera para unirse al ejército de Othet.
Othet deformado por la ira de los años encerrado en aquella torre, que tanto le recordó a su juventud, juró vengarse de todos aquellos por los que fue traicionado.
Como medida de protección, los Originales habían sellado el subsuelo para que nadie pudiese volver a entrar o salir de él. Othet había quedado huérfano de hogar y comprendió que su tío jamás despertaría de su eterno sueño. Aún más dolido por aquello, decidió huir a cualquier lugar donde pudiese reunir un ejército para combatir contra los Híbridos.
Voló durante meses sobre arans que él mismo entrenó una vez más con un chasquido de sus dedos. Todos sus guerreros le siguieron sin duda alguna, pues, al igual que él, reclamaban venganza; querían recuperar lo que hace años fue suyo.
Así fue como, por suerte o por casualidad, llegaron a un conjunto de islas, desconocidas al parecer por los Híbridos de Eikha. Cuenta la leyenda, en esta parte de la historia, que fue el propio Morke, el que generó dichas islas, puesto Othet le caía singularmente en gracia. Durante muchos años había mantenido ocupados a sus padres y eso regocijaba al Dios del Clima.
No fue fácil, sin embargo, hacerse con esas tierras. Se encontraban plagadas de monstruos, criaturas extrañas que amenazaban sus vidas aún más profundamente que los Híbridos, si cabe. Othet tuvo que luchar mucho y por primera vez en su vida, se dio cuenta de lo que era perder hombres y mujeres en batalla. Lo que los Dioses no habían conseguido, conseguían los mortales.
Pero, gracias a su inmenso poder, ayudado por Calsik, que se había convertido en algo más que su conjurada para escapar de aquella torre, consiguió hacerse con el control del conjunto de islas. Desde allí, Othet fue formando un ejército, no sólo con aquellos Originales que lograban escapar de las garras de la esclavitud, sino también de Híbridos que, como aquella hiena-tigresa, estaban en contra de aquellas prácticas.
Cuentan las historias que Othet luchó más de doscientos años para liberar a su raza de la desdicha y la desgracia. Cuentan, que tras los años, se casó con Calsik y tuvo cuatro hijos con ella: Grâmhos, Hedideh, Imhûel y Keharôm.
Luchó junto a su familia, codo con codo, concediéndoles una vida llena de sufrimiento, muerte y dolor, con la promesa de la libertad, con la esperanza de construir un mundo donde tales sentimientos no existiesen, un mundo donde las razas pudieran convivir en armonía y los Dioses pudieran volver a ser alabados sin rencor.
Cuenta la leyenda, que, tras el fallecimiento de Othet, Calsik se hizo con el poder de las tropas del que había sido su marido, con la intención de conseguir cumplir su sueño. Cuentan, que sus hijos continuaron con su legado, gobernando lo que pasaron a llamarse las Islas de Othet.
Cuentan que su linaje no desapareció y que Othet sigue presente, aunque los Originales ya no existan.
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